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lunes, 22 de abril de 2013
Sueños (VI)
"Abro los ojos y no siento nada. Me asusto, busco lo que he perdido y no lo encuentro. Sólo el vacío. Respiro, esto no puede pasar, otra vez no. Vuelve, ven, no te vayas. Sin ti no soy yo, no soy nada. Desaparezco. Me congelo y me abraso al mismo tiempo. Te necesito para seguir, necesito sentir. No puedo vivir si no siento nada. Soy más frágil, más fácil de destruir. Mi enemigo lo sabrá y me destrozará. Pero mi enemigo soy yo misma. Necesito salir, huir, sentirme a salvo. Pero sigo sin creer que eso sea posible, no puedo, no quiero, no lo merezco. El vacío me atrapa, me devora, me impide respirar. Sentir. Vivir."
martes, 17 de julio de 2012
Pesadilla
- Lo siento.
Se levantó, besó su frente y se marchó. Ella no podía moverse, no podía respirar, no se lo creía. Pasó horas en la misma posición, fumando, pensando y llorando sin emitir sonido alguno. "Lo siento", esas habían sido sus últimas palabras, su única explicación. Todo se había acabado y ella aún no sabía ni por qué. Miró a su alrededor y su angustia se hizo aún mayor. Sus libros colocados de cualquier forma en la estantería del salón, una foto de sus primeras vacaciones juntos, el cuadro apoyado en la pared que él nunca había tenido tiempo de colgar y que ya formaba parte de la curiosa decoración del salón. Se levantó secándose las lágrimas y deambuló por la casa admirando todo como si fuera la primera vez. Unos calcetines horribles junto al cubo de la ropa sucia, una nota olvidada junto a la nevera escrita por él. "Compra huevos, esta noche ¡creps!" ¿Qué importaban ya las malditas creps?
Volvió arrastrándose al sofá y se tapó con la manta. Oh, no, aquella manta se la había regalado la primera navidad y era su favorita. Aún olía a él, y eso le dolía. Siguió llorando toda la noche, hasta que llegó el día y le recordó que tenía que volver a su rutina, esa que tanto le gustaba. Con los ojos hinchados se levantó del incómodo sofá que ya nunca cambiarían, se dirigió al baño como una autómata y se duchó. Se vistió y se maquilló para tapar sus ojeras, pero sabía que no podría engañar a nadie, era demasiado transparente. ¿Cómo había sucedido? Eran felices, ella lo sabía, todos lo sabían. Cuando alguien le preguntaba si era feliz, ella se limitaba a sonreir y a mirarle a él llena de ternura y amor. ¿Desde cuándo había estado engañada pensando que él sentía lo mismo? "Lo siento", esas dos palabras se clavaban en su mente haciendo que se retorciera de dolor a cada segundo. "Lo siento", "lo siento", "lo siento". ¡Y una mierda! Ése era el problema, que él ya no lo sentía.
Pero la vida sigue para todos, nos guste o no. Al principio no hubo llamadas, ni mensajes, ni nada. Él parecía haberse esfumado, no sabía ni dónde estaba, ni qué hacía, nada. Estuvo tentada durante meses a presentarse en su trabajo, aunque sólo fuera para verle en la distancia, pero sus amigas, leales e incluso agresivas, se lo impedían. Hasta que dejó de ansiar verle, saber de él, pensar en él. Se limitaba a ir temprano a trabajar y salir tarde, y los pocos ratos ociosos que tenía los empleaba en salir a emborracharse con cualquier excusa. La vida sigue.
Aquel día llegó a casa pronto, su jefe había salido antes de tiempo y ella se las ingenió para salir antes de su hora, tenía mucha ropa por planchar y esa noche echaban una buena peli en la tele. Entró en el portal y fue hacia el buzón, a sacar toda la propaganda antes de que el buzón dijese "ya no más" y acabara arrancando la puerta. Agarró los sobres y panfletos y un trozo de papel arrugado se deslizó lentamente hasta el suelo. Lo recogió sin mirar y subió a casa, dispuesta a introducirse en el maravilloso mundo de los sillones de masaje, las enciclopedias encuadernadas y los relojes de oro a precio de Casio. Se tumbó en el sofá y entonces fijó su mirada en el papel arrugado. Un mal presentimiendo se apoderó de ella, y con una mezcla de temor y curiosidad lo abrió lentamente. "¿Sólo te dije lo siento? Siempre he sido un imbécil, hasta para eso. Te llamo esta noche a las diez. P."
El corazón se le aceleró y sus ojos se clavaron en ese reloj tan freak que ella le compró una de las primeras veces que discutieron. Quedaban 15 minutos para la hora señalada. Se encendió un cigarro, luego otro, y otro más. ¿Qué debía hacer? Antes de poder pensarlo, el teléfono sonó. Era él.
- Hola.
- Hola.
- Pensaba que no lo cogerías.
- Yo también pensaba que no lo iba a coger.
- ¿Cómo estás?
- ¿Tú qué crees? Me abandonaste sin darme siquiera una explicación.
- Tenía que hacerlo, en ese momento pensé que era lo mejor para los dos.
- ¿Y ahora?
- Sigo pensando lo mismo.
- ¿Y por qué me has llamado?
- Que piense lo mismo no significa que esté orgulloso de cómo lo hice. Lo siento.
- No vuelvas a decir esas dos palabras. No tienes ni idea de cuántas veces te he recordado diciendo eso mismo, ni te imaginas el dolor que me provoca el volver a escucharlas viniendo de ti.
- Yo...
- No sabes nada, Jon Nieve.
Ambos sonrieron, con tristeza y añoranza, por lo que fueron tiempos mejores. Quedaron en verse para hablar una semana más tarde en un café en el que nunca habían estado. Ella quería evitar evocar algún recuerdo, ahora que estaba claro que todo había acabado. Por fin.
Llegó 10 minutos tarde, ya estaba harta de ser puntual. Él la esperaba en una mesa al fondo de la barra. Sonrió, y pareció que sus ojos se iluminaban. Pidieron dos cafés, y hablaron un rato del trabajo, pero no estaban allí para eso, y conforme se acercaba el momento, el ambiente se enrarecía.
- En cuanto tenga espacio donde meter las cosas iré a casa a recoger todo. Hay algunos libros que necesito.
- Vale, está bien. ¿Puedo pedirte algo?
- Claro, adelante.
- Me gustaría quedarme con tu sudadera de las tortugas.
- Sabes que es mi favorita.
- Pero también es mi favorita.
- Vale, está bien.
- Gracias. Llámame cuando vayas a venir, no quiero estar allí cuando lo recojas todo.
Sin decir nada más, se levantó y se fue. Salió a la calle y aspiró profundamente. Su mano temblorosa buscaba el paquete de tabaco dentro del bolso. Se alejó rápidamente de la cafetería, paseando sin rumbo por las calles de aquella ciudad que un día había sido extraña para ella, pero que él la hizo suya. Le había enseñado todo sobre aquella ciudad que adoraba, y ahora volvía a sentirse extraña allí. Ya no tenía nada que pudiera atarle a aquella ciudad. Quizá se marcharía, quizá empezaría una nueva vida en otro lugar. O quizá ya estaba tan enamorada de esa ciudad como lo había estado de él. Se detuvo frente al paseo marítimo y se sentó en un banco. Y lloró.
Despertó sobresaltada, temblorosa y con el cuerpo empapado en sudor. Estaba llorando y las sábanas se le habían pegado al cuerpo. Sentía el calor de la cama, pero tenía frío. Se volvió confusa y tropezó con algo, un cuerpo inerte acostado a su lado. El corazón le dió un vuelco y alargó la mano como si de un espejismo se tratara. Él dió un respingo y la miró extrañado.
- Pequeña, ¿estás bien? - ella no pudo reprimir una sonrisa, y besó tiernamente sus labios.
- Estoy mejor que nunca.
Se abrazaron y volvieron a tumbarse en la cama, acurrucados. Todo había sido una pesadilla.
Se levantó, besó su frente y se marchó. Ella no podía moverse, no podía respirar, no se lo creía. Pasó horas en la misma posición, fumando, pensando y llorando sin emitir sonido alguno. "Lo siento", esas habían sido sus últimas palabras, su única explicación. Todo se había acabado y ella aún no sabía ni por qué. Miró a su alrededor y su angustia se hizo aún mayor. Sus libros colocados de cualquier forma en la estantería del salón, una foto de sus primeras vacaciones juntos, el cuadro apoyado en la pared que él nunca había tenido tiempo de colgar y que ya formaba parte de la curiosa decoración del salón. Se levantó secándose las lágrimas y deambuló por la casa admirando todo como si fuera la primera vez. Unos calcetines horribles junto al cubo de la ropa sucia, una nota olvidada junto a la nevera escrita por él. "Compra huevos, esta noche ¡creps!" ¿Qué importaban ya las malditas creps?
Volvió arrastrándose al sofá y se tapó con la manta. Oh, no, aquella manta se la había regalado la primera navidad y era su favorita. Aún olía a él, y eso le dolía. Siguió llorando toda la noche, hasta que llegó el día y le recordó que tenía que volver a su rutina, esa que tanto le gustaba. Con los ojos hinchados se levantó del incómodo sofá que ya nunca cambiarían, se dirigió al baño como una autómata y se duchó. Se vistió y se maquilló para tapar sus ojeras, pero sabía que no podría engañar a nadie, era demasiado transparente. ¿Cómo había sucedido? Eran felices, ella lo sabía, todos lo sabían. Cuando alguien le preguntaba si era feliz, ella se limitaba a sonreir y a mirarle a él llena de ternura y amor. ¿Desde cuándo había estado engañada pensando que él sentía lo mismo? "Lo siento", esas dos palabras se clavaban en su mente haciendo que se retorciera de dolor a cada segundo. "Lo siento", "lo siento", "lo siento". ¡Y una mierda! Ése era el problema, que él ya no lo sentía.
Pero la vida sigue para todos, nos guste o no. Al principio no hubo llamadas, ni mensajes, ni nada. Él parecía haberse esfumado, no sabía ni dónde estaba, ni qué hacía, nada. Estuvo tentada durante meses a presentarse en su trabajo, aunque sólo fuera para verle en la distancia, pero sus amigas, leales e incluso agresivas, se lo impedían. Hasta que dejó de ansiar verle, saber de él, pensar en él. Se limitaba a ir temprano a trabajar y salir tarde, y los pocos ratos ociosos que tenía los empleaba en salir a emborracharse con cualquier excusa. La vida sigue.
Aquel día llegó a casa pronto, su jefe había salido antes de tiempo y ella se las ingenió para salir antes de su hora, tenía mucha ropa por planchar y esa noche echaban una buena peli en la tele. Entró en el portal y fue hacia el buzón, a sacar toda la propaganda antes de que el buzón dijese "ya no más" y acabara arrancando la puerta. Agarró los sobres y panfletos y un trozo de papel arrugado se deslizó lentamente hasta el suelo. Lo recogió sin mirar y subió a casa, dispuesta a introducirse en el maravilloso mundo de los sillones de masaje, las enciclopedias encuadernadas y los relojes de oro a precio de Casio. Se tumbó en el sofá y entonces fijó su mirada en el papel arrugado. Un mal presentimiendo se apoderó de ella, y con una mezcla de temor y curiosidad lo abrió lentamente. "¿Sólo te dije lo siento? Siempre he sido un imbécil, hasta para eso. Te llamo esta noche a las diez. P."
El corazón se le aceleró y sus ojos se clavaron en ese reloj tan freak que ella le compró una de las primeras veces que discutieron. Quedaban 15 minutos para la hora señalada. Se encendió un cigarro, luego otro, y otro más. ¿Qué debía hacer? Antes de poder pensarlo, el teléfono sonó. Era él.
- Hola.
- Hola.
- Pensaba que no lo cogerías.
- Yo también pensaba que no lo iba a coger.
- ¿Cómo estás?
- ¿Tú qué crees? Me abandonaste sin darme siquiera una explicación.
- Tenía que hacerlo, en ese momento pensé que era lo mejor para los dos.
- ¿Y ahora?
- Sigo pensando lo mismo.
- ¿Y por qué me has llamado?
- Que piense lo mismo no significa que esté orgulloso de cómo lo hice. Lo siento.
- No vuelvas a decir esas dos palabras. No tienes ni idea de cuántas veces te he recordado diciendo eso mismo, ni te imaginas el dolor que me provoca el volver a escucharlas viniendo de ti.
- Yo...
- No sabes nada, Jon Nieve.
Ambos sonrieron, con tristeza y añoranza, por lo que fueron tiempos mejores. Quedaron en verse para hablar una semana más tarde en un café en el que nunca habían estado. Ella quería evitar evocar algún recuerdo, ahora que estaba claro que todo había acabado. Por fin.
Llegó 10 minutos tarde, ya estaba harta de ser puntual. Él la esperaba en una mesa al fondo de la barra. Sonrió, y pareció que sus ojos se iluminaban. Pidieron dos cafés, y hablaron un rato del trabajo, pero no estaban allí para eso, y conforme se acercaba el momento, el ambiente se enrarecía.
- En cuanto tenga espacio donde meter las cosas iré a casa a recoger todo. Hay algunos libros que necesito.
- Vale, está bien. ¿Puedo pedirte algo?
- Claro, adelante.
- Me gustaría quedarme con tu sudadera de las tortugas.
- Sabes que es mi favorita.
- Pero también es mi favorita.
- Vale, está bien.
- Gracias. Llámame cuando vayas a venir, no quiero estar allí cuando lo recojas todo.
Sin decir nada más, se levantó y se fue. Salió a la calle y aspiró profundamente. Su mano temblorosa buscaba el paquete de tabaco dentro del bolso. Se alejó rápidamente de la cafetería, paseando sin rumbo por las calles de aquella ciudad que un día había sido extraña para ella, pero que él la hizo suya. Le había enseñado todo sobre aquella ciudad que adoraba, y ahora volvía a sentirse extraña allí. Ya no tenía nada que pudiera atarle a aquella ciudad. Quizá se marcharía, quizá empezaría una nueva vida en otro lugar. O quizá ya estaba tan enamorada de esa ciudad como lo había estado de él. Se detuvo frente al paseo marítimo y se sentó en un banco. Y lloró.
Despertó sobresaltada, temblorosa y con el cuerpo empapado en sudor. Estaba llorando y las sábanas se le habían pegado al cuerpo. Sentía el calor de la cama, pero tenía frío. Se volvió confusa y tropezó con algo, un cuerpo inerte acostado a su lado. El corazón le dió un vuelco y alargó la mano como si de un espejismo se tratara. Él dió un respingo y la miró extrañado.
- Pequeña, ¿estás bien? - ella no pudo reprimir una sonrisa, y besó tiernamente sus labios.
- Estoy mejor que nunca.
Se abrazaron y volvieron a tumbarse en la cama, acurrucados. Todo había sido una pesadilla.
miércoles, 28 de marzo de 2012
El por qué de los sueños.
Siempre me he considerado una persona muy soñadora y con mucha imaginación. Cuando era pequeña, me gustaba jugar con otros niños y niñas, pero no era imprescindible; podía pasarme horas jugando yo sola sin aburrirme, inventando historias de todo tipo. A los mayores les asombraba que una niña pudiera pasarse 4 o 5 horas jugando sin molestar ni armar escándalo (y más si tenemos encuenta que estaban acostumbrados a mis hermanas mayores, que Stewie Griffin a su lado es un angelito). Simplemente me gustaba imaginar.
Con el paso de los años no he perdido eso, sino que lo he transformado. Me gusta soñar e imaginar la cantidad de situaciones que pueden darse en mi vida con diferentes personas. Me gusta imaginar que me va a tocar la lotería, que encontraré un curro con mejor horario y mejor sueldo, que tendré la posibilidad (y el chollo) de irme a vivir a un pisito en el centro cuyo alquiler sea inferior a 1800 euros...no sé, esas cosas que supongo que todos pensamos alguna vez. Pero también me gusta imaginarme una tarde de domingo en casa, con mi chico, nuestro futuro perro (que sí o sí y por decisión unánime se llamará Thor) viendo una peli y comiendo palomitas, arropada por mi super manta (tengo que subir alguna foto, es la pera limonera) y esos sueños y pensamientos me hacen la mujer más feliz del mundo. Pero sobre todo me ayudan a llevar mejor mi situación actual (que es poco menos que una puta mierda). Otro sueño recurrente incluye a mi chico y a mi en una playa paradisiaca cerca de Madagascar con un mojito en la mano. Ay, en esa me recreo tanto que estoy morena y uso una talla 36. ¡¡Y tengo pestañas laaaargas y negras, y todo natural!!
Podéis pensar que esa actitud es una mierda, y, cuanto menos, deprimente. Porque lo más probable es que no pase nunca. Y digo yo, ¿y qué? Soy feliz imaginándolo. Y vale, no me voy al Caribe, me voy a Mallorca, pero me da igual porque me voy con la persona con quien quiero ir. Y en vez de un mojito será una lata de San Miguel, y en vez de morena me pondré roja, y en vez de una 36 tendré una 38 (vale, una 40, lo admito, hijos de puta), y mis pestañas seguirán siendo una mierda. Pero seré feliz de todas maneras porque cuando esté tomando el sol y me gire en la toalla, le veré a él. Y eso es lo que realmente me importa y lo que realmente me hace feliz.
En resumen, no me desilusiona imaginar cosas maravillosas que podría hacer, porque aunque no haga esas cosas tan fantásticas, haré otras que aunque no lo sean tanto, podré compartir con las personas a las que quiero. Eso es lo único que tiene valor para mi. Prefiero hacer un picnic en el césped del Retiro con mi familia y amigos que comerme un menú degustación en el restaurante más caro del mundo estando sola. (Por cierto, para que améis y adoréis a mi familia y amigos, lo del picnic en el césped del retiro me lo hicieron el año pasado por mi cumpleaños y fue lo más. Este año pienso repetirlo, pero ya sabiéndolo yo, que el año pasado quedé como muy pardilla porque no me pispé de nada). (Son muy cabrones, pero les quiero).
Soñar es maravilloso. Compartir tus sueños, mucho más. Pero lo mejor del mundo, para mi, es compartir mi vida con la gente a la que quiero.
Besos muy muy grandes, ya formáis parte de este rincón.
Bit.
Con el paso de los años no he perdido eso, sino que lo he transformado. Me gusta soñar e imaginar la cantidad de situaciones que pueden darse en mi vida con diferentes personas. Me gusta imaginar que me va a tocar la lotería, que encontraré un curro con mejor horario y mejor sueldo, que tendré la posibilidad (y el chollo) de irme a vivir a un pisito en el centro cuyo alquiler sea inferior a 1800 euros...no sé, esas cosas que supongo que todos pensamos alguna vez. Pero también me gusta imaginarme una tarde de domingo en casa, con mi chico, nuestro futuro perro (que sí o sí y por decisión unánime se llamará Thor) viendo una peli y comiendo palomitas, arropada por mi super manta (tengo que subir alguna foto, es la pera limonera) y esos sueños y pensamientos me hacen la mujer más feliz del mundo. Pero sobre todo me ayudan a llevar mejor mi situación actual (que es poco menos que una puta mierda). Otro sueño recurrente incluye a mi chico y a mi en una playa paradisiaca cerca de Madagascar con un mojito en la mano. Ay, en esa me recreo tanto que estoy morena y uso una talla 36. ¡¡Y tengo pestañas laaaargas y negras, y todo natural!!
Podéis pensar que esa actitud es una mierda, y, cuanto menos, deprimente. Porque lo más probable es que no pase nunca. Y digo yo, ¿y qué? Soy feliz imaginándolo. Y vale, no me voy al Caribe, me voy a Mallorca, pero me da igual porque me voy con la persona con quien quiero ir. Y en vez de un mojito será una lata de San Miguel, y en vez de morena me pondré roja, y en vez de una 36 tendré una 38 (vale, una 40, lo admito, hijos de puta), y mis pestañas seguirán siendo una mierda. Pero seré feliz de todas maneras porque cuando esté tomando el sol y me gire en la toalla, le veré a él. Y eso es lo que realmente me importa y lo que realmente me hace feliz.
En resumen, no me desilusiona imaginar cosas maravillosas que podría hacer, porque aunque no haga esas cosas tan fantásticas, haré otras que aunque no lo sean tanto, podré compartir con las personas a las que quiero. Eso es lo único que tiene valor para mi. Prefiero hacer un picnic en el césped del Retiro con mi familia y amigos que comerme un menú degustación en el restaurante más caro del mundo estando sola. (Por cierto, para que améis y adoréis a mi familia y amigos, lo del picnic en el césped del retiro me lo hicieron el año pasado por mi cumpleaños y fue lo más. Este año pienso repetirlo, pero ya sabiéndolo yo, que el año pasado quedé como muy pardilla porque no me pispé de nada). (Son muy cabrones, pero les quiero).
Soñar es maravilloso. Compartir tus sueños, mucho más. Pero lo mejor del mundo, para mi, es compartir mi vida con la gente a la que quiero.
Besos muy muy grandes, ya formáis parte de este rincón.
Bit.
miércoles, 20 de julio de 2011
Sueños (V)
Se despertó temprano. Se levantó después de remolonear un rato y se miró al espejo. Sin sonrisas, sin esperanzas. Comenzó con su rutina un día más. La rutina era ya una vieja amiga, le reconfortaba, le ayudaba a seguir adelante. Sin sorpresas.
A menudo le preguntaban que qué le pasaba. "Niña, cambia la cara, que parece que estás mal guisada" le decía su abuelo. Pero ella simplemente le miraba con esos ojos ambarinos y seguía a lo suyo. Una autómata de la vida, superviviente en su existencia. No sentía, no se lo permitía. Era frágil, débil, quebradiza. No podía sentir, ni añorar, ni amar sin exponerse a la dureza de sus propias emociones. Se conformaba simplemente con eso, con exisitir.
Tenía una vida normal, un trabajo, una familia, unos amigos. Todo iba bien, todo seguía un orden y eso reconfortaba su corazón. "Sin sorpresas" se repetía continuamente. Pero aquel día todo cambió. De repente quiso sentir. Anhelaba saber qué era ser querida y a su vez querer. Su corazón se rebeló, su alma puso en jaque mate a su cabeza y a todo lo que ella, con tanto esfuerzo, había establecido en su vida. "Soy frágil, no puedo permitírmelo" se dijo. Pero el deseo era más fuerte, el ansia la empujaba como un potente huracán.
Y aquella noche allí estaba ella, sentada en las escaleras a punto de romper a llorar. Un torbellino de emociones se había adueñado de su delicado corazón, la cabeza le daba vueltas y todo lo que sentía era tan intenso que hasta se sintió mareada. Intentaba analizar la situación, cada confuso sentimiento que la embargaba y le oprimía por dentro. Deseo, rabia, pasión, celos, amor. Rompió a llorar, las lágrimas brotaban solas, directamente desde el alma. Frustración, anhelos, sueños que casi sentía que podía tocar. Todo estaba allí, frente a ella. Había estado ahí desde siempre, pero la caja había permanecido cerrada bajo llave. Ahora volaban a su alrededor, revoloteando como mariposas de colores. Tan dulces y a la vez amargos. Deseaba tocarlos y a la vez temía hacerlos.
Se secó las lágrimas como pudo y miró a su alrededor. Y le vió. Apoyado junto a un árbol cercano, a oscuras, observándola en silencio. Ella pestañeó sin creer aún que aquello fuera real. Las lágrimas apenas le dejaban ver bien aquella silueta, estaba borroso y se sentía confusa. Él se acercó a ella y sin decir nada se sentó a su lado. Y la besó. Un beso suave, tierno, dulce. Besó sus mejillas y su frente, sus labios y sus manos. Y se abrazaron.
Abrió los ojos y volvía a estar sola. Todo había sido producto de su imaginación, nada había sido real. Ni su presencia, ni sus besos, ni siquiera su abrazo protector. Lloró, lloró amargamente. Se golpeó las piernas con las manos, se odió por dejarse llevar, por ser tan estúpida. Se sentía pequeña, hundida, desamparada. La noche se hizo dia y el día noche. Y jamás, jamás volvió a permitirse volver a cometer aquel error. Jamás volvió a sentir.
Bit.
A menudo le preguntaban que qué le pasaba. "Niña, cambia la cara, que parece que estás mal guisada" le decía su abuelo. Pero ella simplemente le miraba con esos ojos ambarinos y seguía a lo suyo. Una autómata de la vida, superviviente en su existencia. No sentía, no se lo permitía. Era frágil, débil, quebradiza. No podía sentir, ni añorar, ni amar sin exponerse a la dureza de sus propias emociones. Se conformaba simplemente con eso, con exisitir.
Tenía una vida normal, un trabajo, una familia, unos amigos. Todo iba bien, todo seguía un orden y eso reconfortaba su corazón. "Sin sorpresas" se repetía continuamente. Pero aquel día todo cambió. De repente quiso sentir. Anhelaba saber qué era ser querida y a su vez querer. Su corazón se rebeló, su alma puso en jaque mate a su cabeza y a todo lo que ella, con tanto esfuerzo, había establecido en su vida. "Soy frágil, no puedo permitírmelo" se dijo. Pero el deseo era más fuerte, el ansia la empujaba como un potente huracán.
Y aquella noche allí estaba ella, sentada en las escaleras a punto de romper a llorar. Un torbellino de emociones se había adueñado de su delicado corazón, la cabeza le daba vueltas y todo lo que sentía era tan intenso que hasta se sintió mareada. Intentaba analizar la situación, cada confuso sentimiento que la embargaba y le oprimía por dentro. Deseo, rabia, pasión, celos, amor. Rompió a llorar, las lágrimas brotaban solas, directamente desde el alma. Frustración, anhelos, sueños que casi sentía que podía tocar. Todo estaba allí, frente a ella. Había estado ahí desde siempre, pero la caja había permanecido cerrada bajo llave. Ahora volaban a su alrededor, revoloteando como mariposas de colores. Tan dulces y a la vez amargos. Deseaba tocarlos y a la vez temía hacerlos.
Se secó las lágrimas como pudo y miró a su alrededor. Y le vió. Apoyado junto a un árbol cercano, a oscuras, observándola en silencio. Ella pestañeó sin creer aún que aquello fuera real. Las lágrimas apenas le dejaban ver bien aquella silueta, estaba borroso y se sentía confusa. Él se acercó a ella y sin decir nada se sentó a su lado. Y la besó. Un beso suave, tierno, dulce. Besó sus mejillas y su frente, sus labios y sus manos. Y se abrazaron.
Abrió los ojos y volvía a estar sola. Todo había sido producto de su imaginación, nada había sido real. Ni su presencia, ni sus besos, ni siquiera su abrazo protector. Lloró, lloró amargamente. Se golpeó las piernas con las manos, se odió por dejarse llevar, por ser tan estúpida. Se sentía pequeña, hundida, desamparada. La noche se hizo dia y el día noche. Y jamás, jamás volvió a permitirse volver a cometer aquel error. Jamás volvió a sentir.
Bit.
sábado, 25 de junio de 2011
Sueños (IV)
Últimamente sueño mucho contigo. Puede que sean las fechas, puede que sea estar encerrada entre estas cuatro paredes o todos esos planes que ya no hacemos. Puede que sea ver cada mañana tu colonia y tu cepillo de dientes en el armario del baño. Nunca te los llevaste y yo aún no he tenido el valor de tirarlos. Al principio me reconfortaba verlos ahí, me decían que volverías. Algunas noches ponía unas gotitas en la almohada, era como dormir a tu lado. Pero yo no me quejaba del calor que dabas ni tú me decías esa frase tuya de "Si diera frío sería un invento" acompañada de tu sonrisa y esos ojos tan azules.
Escribirte ahora es una tontería, lo sé. Pero llevo tanto tiempo sin hablarte, llevo tantas noches desesperándome entre las sábanas esperando volver a verte. He intentado olvidarte, me he lanzado a otros brazos una y mil veces, pero es inútil. Ellos no son tú. Ellos no se ríen conmigo y de mi como lo hacías tú. Ellos no cocinaban algo realmente asqueroso cuando yo llegaba agotada de trabajar. Sí, cocinar nunca fue lo tuyo, pero adoraba que te pasaras horas sólo por ahorrarme trabajo y hacerme sonreir. Ellos no han salido de casa a las 3 de la madrugada para comprarme tabaco porque estaba al borde de la histeria. Ni me obligaban a salir de la cama y comer algo cuando peor estaba. Ellos no me decían lo guapa que estaba un domingo de resaca sin duchar. Ni disfrutaban como lo hacíamos tú y yo, sentados en nuestro parque contando autobuses azules y rojos. Con ellos no he podido tener esas conversaciones tan absurdas con las que nos reíamos hasta que nos dolía la tripa. No, definitivamente ellos no son tú. Y me alegro, no soportaría que nada empañara mis recuerdos.
Muchas noches temo verte, la indiferencia duele más que cualquier mirada de odio. Y eso es lo que sientes, eso es lo que soy. Nada. Espero que algún día nos volvamos a encontrar y que todo sea diferente. Pero mientras tanto, espero que seas feliz, que sean capaz de darte lo que mereces y que jamás, por nada del mundo, se pierda esa sonrisa tan tuya y esa mirada de picardía.
A ratos te odio por ser tan terriblemente adorable. Y a ratos me odio a mi por seguir guardando una esperanza que no tiene razón de ser. Pero soy humana y no puedo evitarlo, no puedo evitar llorar hasta dormirme y gritar hasta quedarme sin voz. Y soy tremendamente egoísta por contarte todo esto ahora, ¿por qué no lo hice hace un año? Ni yo misma lo se. Y de nada sirve arrepentirse ahora, eso es algo que bien he aprendido. Ahora sólo me queda mirar hacia adelante, desearte suerte y seguir con mi vida. Velar porque nuestros sueños, todo eso que siempre decíamos, se cumpla, aunque tú lo hagas con una persona y yo con otra.
Yo ya no se si te quiero, o si simplemente sigo enamorada de un recuerdo. Espero aprender eso y que cuando lo haga no sea demasiado tarde para mi. Simplemente espero que tú seas feliz.
Bit.
Escribirte ahora es una tontería, lo sé. Pero llevo tanto tiempo sin hablarte, llevo tantas noches desesperándome entre las sábanas esperando volver a verte. He intentado olvidarte, me he lanzado a otros brazos una y mil veces, pero es inútil. Ellos no son tú. Ellos no se ríen conmigo y de mi como lo hacías tú. Ellos no cocinaban algo realmente asqueroso cuando yo llegaba agotada de trabajar. Sí, cocinar nunca fue lo tuyo, pero adoraba que te pasaras horas sólo por ahorrarme trabajo y hacerme sonreir. Ellos no han salido de casa a las 3 de la madrugada para comprarme tabaco porque estaba al borde de la histeria. Ni me obligaban a salir de la cama y comer algo cuando peor estaba. Ellos no me decían lo guapa que estaba un domingo de resaca sin duchar. Ni disfrutaban como lo hacíamos tú y yo, sentados en nuestro parque contando autobuses azules y rojos. Con ellos no he podido tener esas conversaciones tan absurdas con las que nos reíamos hasta que nos dolía la tripa. No, definitivamente ellos no son tú. Y me alegro, no soportaría que nada empañara mis recuerdos.
Muchas noches temo verte, la indiferencia duele más que cualquier mirada de odio. Y eso es lo que sientes, eso es lo que soy. Nada. Espero que algún día nos volvamos a encontrar y que todo sea diferente. Pero mientras tanto, espero que seas feliz, que sean capaz de darte lo que mereces y que jamás, por nada del mundo, se pierda esa sonrisa tan tuya y esa mirada de picardía.
A ratos te odio por ser tan terriblemente adorable. Y a ratos me odio a mi por seguir guardando una esperanza que no tiene razón de ser. Pero soy humana y no puedo evitarlo, no puedo evitar llorar hasta dormirme y gritar hasta quedarme sin voz. Y soy tremendamente egoísta por contarte todo esto ahora, ¿por qué no lo hice hace un año? Ni yo misma lo se. Y de nada sirve arrepentirse ahora, eso es algo que bien he aprendido. Ahora sólo me queda mirar hacia adelante, desearte suerte y seguir con mi vida. Velar porque nuestros sueños, todo eso que siempre decíamos, se cumpla, aunque tú lo hagas con una persona y yo con otra.
Yo ya no se si te quiero, o si simplemente sigo enamorada de un recuerdo. Espero aprender eso y que cuando lo haga no sea demasiado tarde para mi. Simplemente espero que tú seas feliz.
Bit.
jueves, 28 de abril de 2011
Sueños (III)
¿Sabes? Hoy soñaré contigo, lo presiento. Soñaré con tu mirada de niño, ya no podrá endurecerse. Soñaré con tu sonrisa, esa sonrisilla pícara que sabes de sobra que a todas nos volvía locas. Soñaré con tus comentarios absurdos. Soñaré con esas noches en las que atracabas mi nevera. Soñaré que aún sigues aquí, que no te has ido, que todo es sólo eso, un puto sueño.
Me gustaría que mañana al despertar, siguieras aquí. Que este verano fuera como el anterior, con nuestras cosas. Al fin y al cabo, te libraste. Te echaremos de menos, Juan. Mucho.
Bit.
Me gustaría que mañana al despertar, siguieras aquí. Que este verano fuera como el anterior, con nuestras cosas. Al fin y al cabo, te libraste. Te echaremos de menos, Juan. Mucho.
Bit.
sábado, 25 de diciembre de 2010
Sueños (II)
Me miras de reojo y sonries perezosamente, con esa sonrisa que me dedicas después de horas de placer cuando me acomodo a tu lado y me duermo. Acercas tu mano a mi cuerpo, recorriendolo despacio. Mis manos, mis brazos, mis hombros, mi cuello. Lo acaricias con deliberada lentitud, apenas rozándolo con las llemas de tus dedos. Y me besas, me besas con infinita dulzura. Yo me acerco más a ti, sintiendo tu cuerpo pegado al mío, sintiendo cómo poco a poco te vas relajando. Y me vuelves a besar, esta vez con pasión, fuerza, deseo. Mi cuerpo responde a tus besos, tiemblo frágil entre tus brazos. Tú me liberas poco a poco de mi ropa, recreándote en cada botón que desabrochas, con tu pícara sonrisa que sabes que me vuelve loca. Y me miras. Te gusta contemplarme así, a pesar de que sabes que lo odio.
Tiras de mi mano, me agarras con fuerza y me besas. Me besas hasta hacer que me olvide del resto. Tus manos buscan mi placer, me recorren acariciándome, haciéndome estremecer. Me tumbas, echándote a mi lado, y ahora es tu boca la que recorre mi cuerpo con esos besos deliciosos. Tu lengua juguetea con mi ombligo, recorre la corta distancia que le separa de mi pecho, y vuelve a bajar haciéndome gemir. Levantas la cabeza y me miras. Estás despeinado, pero irresistible, con tu mirada lasciva recorriendo mi cuerpo como si fuera la primera vez. Me incorporo y te atraigo hacia mi. Te tumbo en la cama y te beso mientras mis manos bajan juguetonas por tu pecho. Te acaricio, y noto cómo se acelera tu respiración. Me besas, me suplicas con la mirada. Me siento sobre ti y ahogo una exclamación. Por fin te siento dentro, por fin mis sueños más íntimos se hacen realidad.
Bit.
Tiras de mi mano, me agarras con fuerza y me besas. Me besas hasta hacer que me olvide del resto. Tus manos buscan mi placer, me recorren acariciándome, haciéndome estremecer. Me tumbas, echándote a mi lado, y ahora es tu boca la que recorre mi cuerpo con esos besos deliciosos. Tu lengua juguetea con mi ombligo, recorre la corta distancia que le separa de mi pecho, y vuelve a bajar haciéndome gemir. Levantas la cabeza y me miras. Estás despeinado, pero irresistible, con tu mirada lasciva recorriendo mi cuerpo como si fuera la primera vez. Me incorporo y te atraigo hacia mi. Te tumbo en la cama y te beso mientras mis manos bajan juguetonas por tu pecho. Te acaricio, y noto cómo se acelera tu respiración. Me besas, me suplicas con la mirada. Me siento sobre ti y ahogo una exclamación. Por fin te siento dentro, por fin mis sueños más íntimos se hacen realidad.
Bit.
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